Monica Porter cuenta en primera persona, y con mucho humor, cómo fue lanzarse al mundo de las citas por internet pasados los 60 en el Reino Unido. El lado divertido, el lado serio y lo que quizá te estés perdiendo.
Me metí en las aguas turbias de las citas por internet en 2013, poco después de cumplir 60. Vaya momento para ponerse a echar una cana al aire, ¿no? Pero acababa de separarme de mi pareja de muchos años y mis amigos me convencieron de que "lo hacía todo el mundo". Además, estar triste y sola empezaba a cansarme. Así que me lancé a un año (bueno, más bien dieciocho meses) de citas peligrosas, que luego conté en un libro. He sido periodista toda mi vida, así que me salió solo ponerme a tomar notas.
Por aquel entonces, los sitios en los que me registré (por no hablar de la aplicación de citas que estaba de moda) estaban llenos de chicos jóvenes buscando "acción", ya me entienden, y para mi asombro mi edad no los echaba para atrás. Al contrario: para muchos era casi un afrodisíaco. Supongo que los hombres jóvenes siempre han fantaseado con las mujeres mayores. Durante un tiempo fue diversión sin más, inofensiva. Tuve mis aventuras, algunas emocionantes y otras que me podría haber ahorrado.
Pero con los hombres jóvenes pasa una cosa, sobre todo en el mundo digital de hoy, donde todo plan está sujeto a cambios y la capacidad de atención dura tres minutos: son exasperantemente poco de fiar. Llámenme anticuada, pero acabé harta de tanta veleta. Conocí a hombres de treinta y muchos que seguían comportándose como adolescentes, buscando pasarlo bien sin responsabilidades, aunque ya rozaban la mediana edad. En cualquier generación anterior, la mayoría a esa edad ya estarían casados y con hijos. Pero a estos los habían infantilizado décadas de Nintendo, PlayStation y Xbox, y no querían crecer. Y quizá el alto índice de divorcios de la generación de sus padres (culpable, señoría) también los alejaba de cualquier compromiso serio.
Decidí darles más oportunidades a los de mi quinta y descubrí que la gente de mediana edad, y mayor, se ha lanzado a este mundo virtual con todo. ¿Adónde van a ir si no las legiones de divorciados, separados y viudos, ahora que están libres y sin ataduras y siguen con ganas de conocer gente? También descubrí que un sitio de citas puede ser un auténtico microcosmos de la sociedad: conocí a médicos y documentalistas, a financieros de la City y a catedráticos jubilados, en la misma baraja que albañiles, pintores y taxistas. Y cosmopolita un rato: en el mismo mes salí con un español, un griego, un danés y un italiano, además del clásico chiste de bar del escocés, el irlandés y el inglés. Lo que los unía a todos era lo mismo: buscar pareja, a corto o a largo plazo, para el desenfreno, el romance o la compañía.
El más mayor que me escribió fue un viudo de 80 años. Parecía agradable y de buen carácter, y estaba claramente dispuesto a conocer mujeres nuevas y seguir adelante con su vida. Pero aparentaba cada uno de sus años, y me pregunté, con algo de tristeza, qué mujer de mi cosecha, más joven, elegiría a aquel señor mayor y frágil para salir de fiesta. Salvo que se apellidara Getty, claro.
Un peldaño más abajo, me quedé de piedra cuando vi el perfil de un amigo de la familia, un hombre casado desde hacía décadas y patriarca de una tropa de hijos y varios nietos. Tenía 75 años. Melena canosa al viento y una sonrisilla pícara, anunciaba que estaba "dispuesto a todo". ¿Quién lo hubiera dicho? Su mujer desde luego que no.
Como reflejo de la sociedad, los sitios de citas tienen sus tristes y sus raros, sus excéntricos, sus farsantes y sus tramposos, los tontos y los simplemente aburridos. También he coincidido con hombres encantadores y del todo decentes, y he tenido citas muy agradables. Con el tiempo fui cogiéndole el punto a eso de a quién conocer y a quién borrar. Aun así, a veces acababa en un desencuentro total. Estaba Ted, por ejemplo. Treinta y siete años, inteligente, profesional, presentable, buenos modales. Nos escribimos durante un tiempo antes de quedar. Me contó que le encantaba cocinar y me mandó fotos de sus platos, varias fuentes de una pasta de colores. Vegano, me explicó. Ya me había dicho que no bebía. Y cuando le comenté que estaba viendo una serie policíaca, me dijo que no tenía televisión y que solo veía recetas veganas en YouTube. En fin. Yo como carne, bebo y veo la tele. "Ted", le dije, "esto no va a funcionar jamás". Y entonces llegó la puntilla: "¿Empeoraría las cosas si te dijera que vivo con mi madre?".
Ay, Ted.
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A pesar de las frustraciones y las decepciones, disfruté muchísimo de aquel año de aventuras con las citas por internet. Conocí a una cantidad asombrosa de gente, lo pasé bien y aprendí mucho, sobre mí misma y sobre la vida. Es un mundo lleno de oportunidades. Métete de lleno. Y buena suerte.
Por Monica Porter
Monica Porter es una autora y periodista profesional con sede en Londres que escribe para muchos periódicos grandes como The Daily Mail, The Times y The Guardian, por mencionar algunos. Escribió sobre esta experiencia en su libro "Raven: My Year Of Dating Dangerously", publicado en inglés.